Visitamos Maruja Mallo. Máscara y compás

Pensar el mundo desde la forma, la estructura y la identidad

El pasado jueves 5 de febrero realizamos una visita guiada a la exposición Maruja Mallo. Máscara y compás en el Museo Reina Sofía, con un grupo reducido de siete personas. Planteamos la visita como un recorrido pausado, pensado para mirar despacio y conversar, más que como una explicación cronológica o una enumeración de etapas.

Desde el inicio propusimos cambiar la forma habitual de enfrentarnos a una exposición:
no recorrer la obra como una sucesión de estilos, sino como una conversación con el pensamiento visual de la artista.

La pregunta que nos acompañó durante todo el recorrido fue clara y abierta:
👉 ¿Estamos ante una obra que se expresa desde la máscara, desde el compás… o desde la tensión entre ambos?

Maruja Mallo: una artista reinterpretada

Maruja Mallo no es solo una artista recuperada por la historiografía reciente. Es, sobre todo, una artista reinterpretada desde una mirada contemporánea. Durante décadas quedó fuera del relato principal de la modernidad española, y esta exposición no la devuelve simplemente al lugar que ocupó, sino al lugar que debió ocupar.

Uno de los grandes aciertos de la muestra es permitir leer su trayectoria como un sistema de pensamiento visual coherente, capaz de transformarse y adaptarse a contextos históricos, políticos y geográficos muy distintos —España, Europa, América— sin perder su lógica interna.

Los conceptos de máscara y compás no funcionan aquí como metáforas poéticas, sino como herramientas reales de lectura:

  • La máscara aparece como construcción de identidad, rol social, arquetipo o estrategia simbólica. No oculta: distancia, tipifica y permite pensar.
  • El compás actúa como principio de orden, medida y estructura. Regula cuerpos, espacios y composiciones. Es una forma de pensar el mundo desde la proporción y el sistema.

Lejos de ser opuestos, ambos conceptos se necesitan mutuamente y se tensan a lo largo de toda la obra.

Aprender a construir la forma

La visita comenzó en las primeras salas, dedicadas a las obras tempranas. En ellas observamos cómo Maruja Mallo aprende a construir el cuerpo como forma, eliminando deliberadamente la psicología y la emoción inmediata.

Sus primeras obras muestran ya una decisión clara: El cuerpo no se expresa, se organiza.
La pincelada es contenida, el color estructural y la composición estable. Aquí el compás aparece como base de todo lo que vendrá después.

Este rigor inicial resulta clave para entender el resto del recorrido: antes de enfrentarse a la sociedad, al símbolo o al conflicto histórico, Mallo aprende a dominar el lenguaje visual.

La multitud como problema visual

El salto es radical cuando llegamos a las Verbenas. El problema ya no es un cuerpo aislado, sino cómo organizar una multitud. Escenas como La verbena (1927) no celebran lo popular desde el costumbrismo, sino que lo analizan.

Las figuras se acumulan, el espacio se comprime y la mirada no encuentra descanso. Sin embargo, lejos del caos, todo está cuidadosamente organizado. El compás se vuelve indispensable para contener el exceso, y la máscara aparece como rol social: los personajes no son individuos, sino tipos que actúan dentro de una coreografía colectiva.

La fiesta deja de ser experiencia vivida para convertirse en escena representada.

Síntesis, tensión y fractura

Tras el ruido visual de las Verbenas, la exposición se detiene en las Estampas, donde Mallo reduce los elementos al mínimo. La imagen se convierte en signo. Aquí no se narra: se enuncia. La simplificación formal no enfría el discurso, sino que lo hace más preciso.

Este orden comienza a tensarse en Cloacas y campanarios (1930), una obra clave donde el sistema visual entra en crisis. La composición fragmentada, la paleta oscura y la confrontación simbólica entre lo oculto y lo normativo anticipan un mundo donde el equilibrio ya no es posible. El compás no desaparece, pero deja de organizar armonía y pasa a sostener el conflicto.

Reconstruir el mundo desde la naturaleza

En el contexto del exilio, Maruja Mallo no abandona el orden: lo reconstruye desde otro lugar. En las Arquitecturas vegetales y minerales, la naturaleza deja de ser paisaje para convertirse en estructura. Las formas orgánicas funcionan como módulos, como sistemas autosuficientes capaces de sostener el mundo cuando los sistemas humanos han fallado.

Esta búsqueda continúa y se profundiza en La religión del trabajo, donde el cuerpo reaparece como figura simbólica y colectiva. Obras como La sorpresa del trigo (1936) transforman el trabajo en un ritual moderno, solemne, casi litúrgico. El individuo desaparece en favor de una alegoría del esfuerzo, la comunidad y la continuidad vital.

Vida latente, identidad y vacío

En las Naturalezas vivas, la vida no se representa como acción, sino como energía contenida. Las formas parecen tranquilas, pero están cargadas de tensión interna. La naturaleza se convierte en sistema universal, más allá de lo humano.

El recorrido culmina con las Cabezas y máscaras y con Moradores del vacío y Viajeros del éter. Aquí la identidad se abstrae por completo. La máscara ya no oculta ni representa: es la idea misma de identidad. El orden se vuelve etéreo, el vacío adquiere estructura y la obra se abre hacia lo cósmico.

Una mirada vigente

La visita terminó con una reflexión compartida:
Maruja Mallo no cambia de tema, cambia de lenguaje.

Su obra no es una suma de estilos, sino un pensamiento visual riguroso que sigue dialogando con cuestiones profundamente actuales: identidad, cuerpo, orden, colectividad y mundo.

Desde The River seguimos apostando por visitas y actividades que permitan mirar el arte con tiempo, con profundidad y desde el diálogo compartido.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio